jueves, 22 de julio de 2010

Vacaciones inteligentes



Este "suave y acariciador calorcillo" del verano, ( ¿se nota que vivo en el norte? ), que nos
permite desarrollar una vida más relajada y en contacto con la naturaleza, puede ser un buen momento para observar de qué manera nos hemos ido dejando llevar por los parámetros de la sociedad y hemos acostumbrado al cuerpo y la mente a vivir sobrecargados y en constante estado de tensión.

Tal es así, que la mayoría de la gente de este primer mundo que se supone que ya tiene resueltas muchas de sus necesidades básicas y dispone de cierta seguridad económica, no sabe que hacer con su ocio, y acostumbrada a una vida en donde cada día no deja hueco a la tranquilidad, cuando le llega el momento de poder disfrutarla, no sabe que hacer con ella, se agobía y necesita llenarla de programas y más programas que garanticen que todos los espacios del día queden cubiertos y bien ocupados.


Esa búsqueda de la felicidad a través de las cosas, de los objetos, de los deseos que ellos desencadenan y de la acción que ponemos en marcha para su consecución se produce debido a la ignorancia, al desconocimiento de nuestra verdadera naturaleza, y ese no saber nos mantiene miedosos y encadenados como sociedad a vivir como se nos ha enseñado, de prestado y de segunda mano, a través de la identificación con los procesos del pensamiento y de la emoción y por lo tanto a expensas del mercadeo de la mente y del constante devenir de deseos y temores.

Ese correr sin tregua tras un poco de placer, nos convierte, como decía S. Juan de La Cruz, en mendigos que piden en casa de gente pobre, porque el recorrido de la mente tiene sus estrechos límites, y por poco que hayamos indagado, ya sabemos que en el mundo de los opuestos todo busca su equilibrio y por lo tanto placer y dolor están irremisiblemente destinados a vivir juntos como las dos caras de una misma moneda.


Como aquí no pretendemos irnos a los extremos, ni no saber disfrutar lo agradable cuando se presenta, y como andamos algunos que otros de vacaciones o con algo de tiempo libre, la única pretensión de este post es cuestionar ese desasosiego que se presenta algunas veces ante la simple idea de una agenda vacía y sin entretenimientos.


¿ Y hoy que hago? parece que se ha convertido en el rey de nuestra vida. "Practique el noble arte de no hacer nada" que recomendaba Nisargadatta, que es lo mismo que decir "esté consigo mísmo" no encuentra hueco en una sociedad que lo que valora es tener siempre las horas y el estómago ocupado.

Nuestra capacidad de discriminación es la que va a acercarnos a la perspectiva correcta, que es darnos cuenta de como el cuerpo-mente es sólo un instrumento, y que en la medida que lo tenemos siempre ocupado, tenso, sobrecargado de comida y bebida y corriendo de objeto en objeto y de experiencia en experiencia, no le damos la oportunidad de ese estado de relajación y de quietud tan necesario para que podamos empezar a abrir puertas y ventanas a lo real.


Se nos ha educado con la idea de que somos actores y hacedores de nuestras vidas, de que somos los responsables únicos de lo que acontece, y de esa manera se nos ha inculcado un espíritu competitivo, basado en el hacer y en el tener que nos convierte en exclavos y víctimas de éxitos y fracasos, por eso el indagador se encuentra al principio con una montaña de conceptos que desmontar hasta poder ir descorriendo el velo y comprender que para que todo ese tenga lugar y para que el mundo como tal aparezca, primero tiene que haber una conciencia que lo atestigue.

Así que para poder hacer o tener, antes de todo hay que SER,. Si no hay SER, o EXISTIR, ¿podríamos plantearnos estas cuestiones?. Así que recobrar la desnudez de SER, simplemente SER, se puede convertir en nuestro principal destino de vacaciones.

Es seguro que ese es el lugar mas venturoso que podemos encontrar y además sin depender para ello de ninguna agencia de viajes, ni de maletas, ni de atascos, ni de paisajes maravillosos, ni de tener que estar con estas o aquellas personas. Y además es el más barato, el más rápido, el más sencillo y el mas cercano. Siempre lo llevamos con nosotros. Mejor dicho es Él el que siempre nos lleva en su mochila. Porque realmente Él es lo único que hay y Él es nosotros.

Y todo lo demás es el juego de sus proyecciones.


Así que nuestras vacaciones nos pueden llevar a nuestro Centro, a saber vivir como lo que somos sin tener que movernos de casa, sin necesidad de adquisiciones, sin dejar de ocuparnos de lo cotidiano, sin retirarnos a lugares lejanos, porque lo único que se requiere para ello es un cambio de actitud, un cambio de perspectiva.


Y para mirar con los ojos de la conciencia, hay que dar un giro y empezar a prescindir de viejos hábitos, de la estrechez de lo mío, de la memoria de lo conocido, de la falsa identidad como un pequeño y fragmentado "Yo", todo eso lo vamos dejando fuera, no permitiendo su inferencia, y pacientemente, humildemente, con el cuerpo y la mente purificados y relajados, despojados de estrategias, estaremos dispuestos para quedarnos siendo, simplemente, lo que siempre hemos sido.