Hace veinte años observábamos con estupor las guerras que estallaban en Oriente Medio.
Muchos salimos a la calle
movidos por una convicción sincera: que la violencia debía cesar y
que el diálogo y la negociación debían prevalecer sobre las armas.
Había una esperanza clara: que la razón y la presión de la sociedad pudieran poner límite a la barbarie.
Sin embargo, el tiempo ha
mostrado algo incómodo de reconocer.
Las guerras no nacen solo de
decisiones políticas o estratégicas.
Detrás de ellas se mueve
una fuerza más profunda: la codicia, el miedo, la necesidad de
dominio, la identificación con fronteras, las banderas y sobre todo
los intereses económicos y financieros.
Así la humanidad sigue
dividiéndose entre “nosotros” y “ellos”.
Y cuando esa
división se radicaliza, la violencia encuentra siempre un camino
para manifestarse.
Por eso surge hoy una pregunta inevitable para quienes vivimos con sensibilidad ante lo que ocurre en el mundo:
¿Qué nos tocaría hacer?
No hablo del ruido constante de los debates televisivos, donde cada cual defiende su posición y el conflicto se alimenta sólo de palabras.
Hablo de algo más cercano y más exigente.
Igual que somos parte de esta
sociedad, también somos parte de la conciencia que la crea.
El
desorden que vemos en el mundo no es completamente ajeno a la mente
humana; nace de ella.
Y entonces la pregunta cambia de lugar.
¿Cómo vivir en medio del caos sin convertirnos también en agentes de ese mismo caos?
Tal vez el primer gesto de
responsabilidad sea observar con honestidad nuestra propia mente:
ver
cómo aparecen en nosotros el miedo, la reacción, la necesidad de
tener razón, la tendencia a dividir.
Cuando esa observación es sincera y sin justificación, algo empieza a ordenarse por dentro.
No es un orden impuesto por
la voluntad ni por una ideología.
Es un orden que surge cuando la
mente comprende la raíz de la violencia y deja de alimentarla.
Quizá no podamos detener las
guerras del mundo.
Pero sí podemos dejar de contribuir al clima
de confusión, miedo y agresividad que las hace posibles.
Y cada vez que una mente humana permanece lúcida, atenta y no violenta en medio del desorden, el mundo entero se vuelve, silenciosamente, un poco más habitable.


No hay comentarios:
Publicar un comentario