viernes, 13 de marzo de 2026

 





Hace veinte años observábamos con estupor las guerras que estallaban en Oriente Medio.


Muchos salimos a la calle movidos por una convicción sincera: que la violencia debía cesar y que el diálogo y la negociación debían prevalecer sobre las armas.

Había una esperanza clara: que la razón y la presión de la sociedad pudieran poner límite a la barbarie.



Sin embargo, el tiempo ha mostrado algo incómodo de reconocer.
Las guerras no nacen solo de decisiones políticas o estratégicas.
Detrás de ellas se mueve una fuerza más profunda: la codicia, el miedo, la necesidad de dominio, la identificación con fronteras, las banderas y sobre todo los intereses económicos y financieros.



Así la humanidad sigue dividiéndose entre “nosotros” y “ellos”.
Y cuando esa división se radicaliza, la violencia encuentra siempre un camino para manifestarse.



Por eso surge hoy una pregunta inevitable para quienes vivimos con sensibilidad ante lo que ocurre en el mundo:

¿Qué nos tocaría hacer?

No hablo del ruido constante de los debates televisivos, donde cada cual defiende su posición y el conflicto se alimenta sólo de palabras.



Hablo de algo más cercano y más exigente.

Igual que somos parte de esta sociedad, también somos parte de la conciencia que la crea.
El desorden que vemos en el mundo no es completamente ajeno a la mente humana; nace de ella.



Y entonces la pregunta cambia de lugar.

¿Cómo vivir en medio del caos sin convertirnos también en agentes de ese mismo caos?

Tal vez el primer gesto de responsabilidad sea observar con honestidad nuestra propia mente:
ver cómo aparecen en nosotros el miedo, la reacción, la necesidad de tener razón, la tendencia a dividir.

Cuando esa observación es sincera y sin justificación, algo empieza a ordenarse por dentro.

No es un orden impuesto por la voluntad ni por una ideología.
Es un orden que surge cuando la mente comprende la raíz de la violencia y deja de alimentarla.



Quizá no podamos detener las guerras del mundo.
Pero sí podemos dejar de contribuir al clima de confusión, miedo y agresividad que las hace posibles.

Y cada vez que una mente humana permanece lúcida, atenta y no violenta en medio del desorden, el mundo entero se vuelve, silenciosamente, un poco más habitable.